lunes, 1 de octubre de 2018

NADA

Aquel verano fue especial por muchas cosas. A mis recién estrenados 14 años, a mi recién estrenada adolescencia, se unía la recién estrenada casa de campo que mi padre había adquirido para pasar aquellos meses estivales alejados de la rutina y el calor de Madrid.
La casa estaba en la misma colonia –entonces las urbanizaciones se llamaban así— que la de mis primos, por lo que podría pasar el rato con ellos y, lo que era casi más importante, pertenecer a su famosa pandilla veraniega de la que tanto presumían en invierno. En aquella época aún no se habían “inventado” los chalets adosados, y entre unas casas y otras y el pueblo cercano aún quedaba mucho campo y caminos de arena; por lo que nuestra afición favorita, montar en bicicleta, formaba parte esencial de la diversión sin ningún tipo de precaución excepto la de saber derrapar al límite con la rueda trasera.
La pandilla de mis primos estaba compuesta principalmente por chicos, con los que cada mañana solíamos ir a bañarnos en las canteras abandonadas o a descubrir los secretos de la naturaleza escondidos entre aquellos prados y montes. Por las tardes, después de merendar, solían aparecer en nuestro lugar habitual de reunión –un peñasco con forma aplanada delante de la casa de Domingo, uno de los cabecillas del grupo-- varias chicas que también formaban parte de la pandilla. Ellas también venían en bicicleta, ya que muchas tardes solíamos hacer paseos y excursiones por los alrededores.
Hay que decir que en aquella época las chicas no eran algo primordial en nuestras vidas, más bien todo lo contrario; aunque algunos de los miembros mayores de la pandilla solían hablar entre risas con las más atrevidas, y a veces se marchaban a otro lado durante algún rato, seguramente para fumar a escondidas. No era mi caso, pero he de reconocer que al poco tiempo una de ellas me empezó a parecer diferente a las demás. Me resultaba, de un modo desconocido por mí hasta entonces, muy atrayente, y no entraba en ninguna categoría conocida para una chica: era, cómo decirlo… fascinantemente guapa. Yo había descubierto ya la belleza de otras mujeres: actrices como Claudia Cardinale o Elke Sommer, por ejemplo, me gustaban mucho, pero la belleza de esta chica me parecía, de algún modo inusitado, concebida especialmente para mí. Tal vez por eso yo no quería compartir estas confusas sensaciones con los chicos de la pandilla, ni siquiera con mis primos, porque ninguno parecía pensar nada similar sobre ella, ni sobre ninguna otra; pero su cuello esbelto y su larguísima melena lisa y brillante, su manera de sonreír y la forma en que se le arrugaba la nariz cuando lo hacía, cautivaban mi atención más allá de lo que hubiera parecido razonable a cualquiera de ellos.
La sensación se fue haciendo más aguda según pasaba el verano, y, aunque disimuladamente, yo ya no podía −ni quería− renunciar a mirarla con frecuencia. De hecho, en numerosas ocasiones a lo largo del día estaba deseando que llegasen las seis y media para verla aparecer con su BH plegable blanca. La situación alcanzó mayores cotas de desasosiego cuando advertí que ella también me observaba a veces, y en alguna ocasión ambos tuvimos que apartar la vista precipitadamente cuando nuestras miradas se cruzaron. Fue, sin duda, una de esas noches de agosto en las que el cielo se inunda de estrellas fugaces cuando llegué a la conclusión de que, por primera vez, estaba enamorado.
Mercedes, que así se llamaba, tenía 13 años y era tan alta como yo. Muy morena, de ojos oscuros, tenía el pelo más brillante y sedoso que yo hubiera visto, y que nunca más he vuelto a ver en otra mujer. Era algo tímida, pero sobre todo, gentil y sonriente. Su casa estaba bastante cerca de la mía, por lo que a veces imaginaba cómo podría conseguir que volviéramos juntos y solos a las diez de la noche, cuando tocaba retirada. No estaba seguro, si eso llegaba a ocurrir, de que fuera capaz de articular una sola palabra en el trayecto, pero me confortaba a mí mismo pensando en lo que le diría en ese momento.
No sé si la razón fue el enamoramiento primerizo que me sacudió como un vendaval, pero aquel verano tan especial también descubrí la música. O mejor dicho, descubrí el vínculo de la música con las emociones y los sentimientos, y entendí por qué había tantas canciones que hablaban de amor, cosa incomprensible para mí hasta ese momento. A los ratos que pasaba en mi casa escuchando la radio se unieron los que pasábamos en un pequeño local existente en la parte de atrás de la de mis primos, donde había una especie de asiento corrido sobre el que unos magníficos almohadones nos permitían recostarnos plácidamente mientras escuchábamos en el tocata una y otra vez los pocos discos de los que disponíamos. Uno de ellos era un LP de Juan y Junior, en el que había varias canciones que aún hoy sigo considerando deliciosas. La más bonita, la más sentida, se llamaba “Nada”. La letra reflejaba la tristeza de alguien que no fue capaz, antes de partir, de expresar sus sentimientos a la persona de la que estaba enamorado: “Y me faltó valor, y no le hablé de amor; me vine sin decirle… nada”, rezaba. Pronto me empezó a atormentar el hecho de que si alguna noche coincidía con Mercedes de vuelta a casa me pasaría lo mismo que al de la canción, y no sería capaz de declarar mis sentimientos a la mujer que ya sin ningún género de dudas estaba seguro de amar.
El verano transcurrió como lo suelen hacer los veranos: muy despacio mientras se corre el Tour de Francia, muy deprisa cuando empieza la Vuelta a España. Este no fue una excepción, y aunque nuestros intercambios de miradas se habían convertido en una práctica frecuente y yo diría que plena de complicidad, se acercaba el momento de volver a la ciudad y aún no había sido capaz de articular más de tres palabras seguidas frente a ella; y menos todavía se habían dado las circunstancias adecuadas para que le hablara a solas de mis sentimientos. Pero el día de la víspera de mi partida, el destino vino en mi ayuda. Y lo hizo utilizando su bicicleta. Cuando ya era la hora de marchar y Mercedes fue a coger su bici, descubrió que tenía pinchada la rueda trasera. Intentamos hincharla, pero no había remedio. Mis primos no estaban porque tenían exámenes en el colegio y ya se habían marchado a Madrid, por lo que ese día yo era el único que iba en su misma dirección. Se consideraron diversas posibilidades, pero al final Domingo dijo que él guardaría la bicicleta hasta el día siguiente, en que podrían arreglar el pinchazo fácilmente, y que lo mejor era que yo llevara a Mercedes a su casa en la barra de la mía. Vivíamos a unos centenares de metros de allí, por lo que el trayecto no sería costoso.
Creo que nunca me ha latido el corazón tan apresuradamente como lo hizo en aquel momento, ni la sangre me ha acudido al rostro con tanta velocidad. Creo que nunca he tenido una sensación tan intensa, mezcla de miedo e ilusión, como aquella vez. Y juraría que a ella le pasó lo mismo. Estaba bastante oscuro ya, pero sus ojos brillaron como nunca cuando me miró por un momento antes de bajar tímidamente la cabeza y decir que sí, que le parecía bien.
Me subí en la bicicleta, sujetándola con el pie fuertemente apoyado en el suelo y el manillar girado para que pudiera sentarse en la barra. Y así lo hizo. Iniciamos la marcha, no sin cierto trabajo hasta que fui capaz de pedalear acompasadamente. Lo primero que noté entonces fue la fragancia de su cabello, que se hallaba a escasos centímetros de mi rostro. Un olor que nunca olvidaré. La leve brisa que lo acariciaba permitía que rozara mis mejillas, mientras yo me concentraba en aspirar ese aroma y rozar su brazo con mi brazo; mientras yo me inclinaba un poco más de la cuenta para tocar su hombro con mi pecho; mientras yo la amaba sin remisión.
Las palabras no brotaron. Llegamos a su casa sin hablar apenas y cuando se bajó, me miró con una sonrisa tímida y me dio las gracias. Me preguntó si me iba el día siguiente a Madrid, a lo que dije que sí y que a ver si el próximo verano nos volvíamos a ver.
Y empecé a pedalear muy deprisa hacia mi casa después de decirle adiós, mientras en mi cerebro retumbaban unas notas y unas palabras: “Y me faltó valor, y no le hablé de amor; me vine sin decirle… nada”.
 
 
EPÍLOGO
Al año siguiente, el día que volvimos a la casa de verano, cogí la bicicleta nada más llegar y me fui pedaleando a toda velocidad hasta la puerta de la suya. Estaba cerrada a cal y canto. Por la tarde, las chicas de la pandilla me explicaron que Mercedes estaba veraneando en la costa y que lo más probable era que no viniera ese verano.
Pero sí que volvió.
 
Ahora la miro, aquí, dormitando a mi lado en el sofá. Su pelo, tantos años después, es mucho más corto que entonces, ahora apenas le llega por el hombro; pero sigue tan suave y brillante como aquella noche que la llevé en mi bicicleta...



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