Aquel
verano fue especial por muchas cosas. A mis recién estrenados 14 años, a mi
recién estrenada adolescencia, se unía la recién estrenada casa de campo que mi
padre había adquirido para pasar aquellos meses estivales alejados de la rutina
y el calor de Madrid.
La casa estaba en la misma
colonia –entonces las urbanizaciones se llamaban así— que la de mis primos, por
lo que podría pasar el rato con ellos y, lo que era casi más importante,
pertenecer a su famosa pandilla veraniega de la que tanto presumían en
invierno. En aquella época aún no se habían “inventado” los chalets adosados, y
entre unas casas y otras y el pueblo cercano aún quedaba mucho campo y caminos
de arena; por lo que nuestra afición favorita, montar en bicicleta, formaba
parte esencial de la diversión sin ningún tipo de precaución excepto la de
saber derrapar al límite con la rueda trasera.
La pandilla de mis primos estaba
compuesta principalmente por chicos, con los que cada mañana solíamos ir a
bañarnos en las canteras abandonadas o a descubrir los secretos de la
naturaleza escondidos entre aquellos prados y montes. Por las tardes, después
de merendar, solían aparecer en nuestro lugar habitual de reunión –un peñasco
con forma aplanada delante de la casa de Domingo, uno de los cabecillas del grupo--
varias chicas que también formaban parte de la pandilla. Ellas también venían
en bicicleta, ya que muchas tardes solíamos hacer paseos y excursiones por los
alrededores.
Hay que decir que en aquella
época las chicas no eran algo primordial en nuestras vidas, más bien todo lo
contrario; aunque algunos de los miembros mayores de la pandilla solían hablar
entre risas con las más atrevidas, y a veces se marchaban a otro lado durante
algún rato, seguramente para fumar a escondidas. No era mi caso, pero he de
reconocer que al poco tiempo una de ellas me empezó a parecer diferente a las
demás. Me resultaba, de un modo desconocido por mí hasta entonces, muy atrayente,
y no entraba en ninguna categoría conocida para una chica: era, cómo decirlo…
fascinantemente guapa. Yo había descubierto ya la belleza de otras mujeres:
actrices como Claudia Cardinale o Elke Sommer, por ejemplo, me gustaban mucho,
pero la belleza de esta chica me parecía, de algún modo inusitado, concebida especialmente
para mí. Tal vez por eso yo no quería compartir estas confusas sensaciones con
los chicos de la pandilla, ni siquiera con mis primos, porque ninguno parecía
pensar nada similar sobre ella, ni sobre ninguna otra; pero su cuello esbelto y
su larguísima melena lisa y brillante, su manera de sonreír y la forma en que
se le arrugaba la nariz cuando lo hacía, cautivaban mi atención más allá de lo
que hubiera parecido razonable a cualquiera de ellos.
La sensación se fue haciendo más
aguda según pasaba el verano, y, aunque disimuladamente, yo ya no podía −ni
quería− renunciar a mirarla con frecuencia. De hecho, en numerosas ocasiones a
lo largo del día estaba deseando que llegasen las seis y media para verla
aparecer con su BH plegable blanca. La situación alcanzó mayores cotas de desasosiego
cuando advertí que ella también me observaba a veces, y en alguna ocasión ambos
tuvimos que apartar la vista precipitadamente cuando nuestras miradas se
cruzaron. Fue, sin duda, una de esas noches de agosto en las que el cielo se inunda
de estrellas fugaces cuando llegué a la conclusión de que, por primera vez,
estaba enamorado.
Mercedes, que así se llamaba,
tenía 13 años y era tan alta como yo. Muy morena, de ojos oscuros, tenía el
pelo más brillante y sedoso que yo hubiera visto, y que nunca más he vuelto a
ver en otra mujer. Era algo tímida, pero sobre todo, gentil y sonriente. Su
casa estaba bastante cerca de la mía, por lo que a veces imaginaba cómo podría
conseguir que volviéramos juntos y solos a las diez de la noche, cuando tocaba
retirada. No estaba seguro, si eso llegaba a ocurrir, de que fuera capaz de
articular una sola palabra en el trayecto, pero me confortaba a mí mismo
pensando en lo que le diría en ese momento.
No sé si la razón fue el
enamoramiento primerizo que me sacudió como un vendaval, pero aquel verano tan
especial también descubrí la música. O mejor dicho, descubrí el vínculo de la
música con las emociones y los sentimientos, y entendí por qué había tantas
canciones que hablaban de amor, cosa incomprensible para mí hasta ese momento.
A los ratos que pasaba en mi casa escuchando la radio se unieron los que
pasábamos en un pequeño local existente en la parte de atrás de la de mis
primos, donde había una especie de asiento corrido sobre el que unos magníficos
almohadones nos permitían recostarnos plácidamente mientras escuchábamos en el tocata una y otra vez los pocos discos
de los que disponíamos. Uno de ellos era un LP de Juan y Junior, en el que
había varias canciones que aún hoy sigo considerando deliciosas. La más bonita,
la más sentida, se llamaba “Nada”. La letra reflejaba la tristeza de alguien
que no fue capaz, antes de partir, de expresar sus sentimientos a la persona de
la que estaba enamorado: “Y me faltó valor, y no le hablé de amor; me vine sin
decirle… nada”, rezaba. Pronto me empezó a atormentar el hecho de que si alguna
noche coincidía con Mercedes de vuelta a casa me pasaría lo mismo que al de la
canción, y no sería capaz de declarar mis sentimientos a la mujer que ya sin
ningún género de dudas estaba seguro de amar.
El verano transcurrió como lo
suelen hacer los veranos: muy despacio mientras se corre el Tour de Francia,
muy deprisa cuando empieza la Vuelta a España. Este no fue una excepción, y aunque
nuestros intercambios de miradas se habían convertido en una práctica frecuente
y yo diría que plena de complicidad, se acercaba el momento de volver a la
ciudad y aún no había sido capaz de articular más de tres palabras seguidas
frente a ella; y menos todavía se habían dado las circunstancias adecuadas para
que le hablara a solas de mis sentimientos. Pero el día de la víspera de mi
partida, el destino vino en mi ayuda. Y lo hizo utilizando su bicicleta. Cuando
ya era la hora de marchar y Mercedes fue a coger su bici, descubrió que tenía
pinchada la rueda trasera. Intentamos hincharla, pero no había remedio. Mis
primos no estaban porque tenían exámenes en el colegio y ya se habían marchado
a Madrid, por lo que ese día yo era el único que iba en su misma dirección. Se consideraron
diversas posibilidades, pero al final Domingo dijo que él guardaría la
bicicleta hasta el día siguiente, en que podrían arreglar el pinchazo
fácilmente, y que lo mejor era que yo llevara a Mercedes a su casa en la barra
de la mía. Vivíamos a unos centenares de metros de allí, por lo que el trayecto
no sería costoso.
Creo que nunca me ha latido el
corazón tan apresuradamente como lo hizo en aquel momento, ni la sangre me ha
acudido al rostro con tanta velocidad. Creo que nunca he tenido una sensación
tan intensa, mezcla de miedo e ilusión, como aquella vez. Y juraría que a ella
le pasó lo mismo. Estaba bastante oscuro ya, pero sus ojos brillaron como nunca
cuando me miró por un momento antes de bajar tímidamente la cabeza y decir que
sí, que le parecía bien.
Me subí en la bicicleta,
sujetándola con el pie fuertemente apoyado en el suelo y el manillar girado
para que pudiera sentarse en la barra. Y así lo hizo. Iniciamos la marcha, no
sin cierto trabajo hasta que fui capaz de pedalear acompasadamente. Lo primero
que noté entonces fue la fragancia de su cabello, que se hallaba a escasos
centímetros de mi rostro. Un olor que nunca olvidaré. La leve brisa que lo
acariciaba permitía que rozara mis mejillas, mientras yo me concentraba en
aspirar ese aroma y rozar su brazo con mi brazo; mientras yo me inclinaba un
poco más de la cuenta para tocar su hombro con mi pecho; mientras yo la amaba
sin remisión.
Las palabras no brotaron.
Llegamos a su casa sin hablar apenas y cuando se bajó, me miró con una sonrisa
tímida y me dio las gracias. Me preguntó si me iba el día siguiente a Madrid, a
lo que dije que sí y que a ver si el próximo verano nos volvíamos a ver.
Y empecé a pedalear muy deprisa
hacia mi casa después de decirle adiós, mientras en mi cerebro retumbaban unas
notas y unas palabras: “Y me faltó valor, y no le hablé de amor; me vine sin
decirle… nada”.
EPÍLOGO
Al año siguiente, el día que
volvimos a la casa de verano, cogí la bicicleta nada más llegar y me fui
pedaleando a toda velocidad hasta la puerta de la suya. Estaba cerrada a cal y
canto. Por la tarde, las chicas de la pandilla me explicaron que Mercedes
estaba veraneando en la costa y que lo más probable era que no viniera ese
verano.
Pero sí que volvió.
Ahora la miro, aquí, dormitando a
mi lado en el sofá. Su pelo, tantos años después, es mucho más corto que
entonces, ahora apenas le llega por el hombro; pero sigue tan suave y brillante
como aquella noche que la llevé en mi bicicleta...
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