Doscientos años han
pasado desde aquellos días en que Ana Van Hetzel cayó en la cuenta de su
inferioridad intelectual frente a su cocinera negra y previó un futuro lleno de
adversidades y desventuras. No reveló a su marido sino pequeños detalles de su
descubrimiento. Los oscuros e inmensos ojos de la sirvienta estrechaban su
cerco sobre ella. Una mañana, Ana descargó toda su furia sobre la mujer en
forma de terribles estacazos sobre su cuerpo moreno. Cuando el señor Van Hetzel
apareció en la cocina al oír los gritos y los golpes, la criada yacía moribunda
en medio de un charco de sangre tan negra como su piel, y simplemente pensó que
la Humanidad siempre había dado su merecido a los que se pasaban de listos.