Vivo en Chisinau, la capital de Moldavia. Una ciudad con muchos espacios verdes, pequeña y alegre, alejada de las grandes ciudades europeas... y alejada de las grandes ciudades asiáticas. Cuyo nombre significa "fuente nueva", a pesar de que fue fundada hacia 1436. La verdad es que en Chisinau prácticamente no hay nada que me llame la atención, salvo, tal vez, la panadera de la esquina de las calles Pushkin y Albisoara, justo donde está ubicada la fuente que da nombre a la ciudad. Nadieshda, que así se llama, posee esa languidez propia de muchas personas de origen eslavo, pero contrapunteada por una belleza natural cálida y morena, probablemente fruto de su indudable sangre mediterránea. Es en su panadería donde me surto de mămăligă, pues he de decir que la que hacen allí es la mejor de cuantas he probado, tanto en Moldavia como en Rumanía, donde suelo viajar con frecuencia por motivos que más adelante explicaré. Nadieshda significa esperanza, pero ella no hace honor a su nombre y trata con desdén a todos cuantos se acercan a cortejarla o, mejor dicho, a intentarlo; y les puedo asegurar que no son pocos.
Se preguntarán ustedes si yo soy uno de ellos. La respuesta es sí y no. Sí, porque soy un rendido admirador de su belleza, de la sensualidad que irradia cada uno de sus movimientos, de la armonía de sus formas de mujer y de la manera en que me dice "noroc" cuando entro a su tienda. Me es muy difícil, por tanto, actuar cada día como si detrás de ese mostrador hubiera un campesino de poblado mostacho en vez de una bella joven y además, probablemente como otros ilusos parroquianos, creo advertir un brillo especial en su mirada cuando me ve. No, porque quiero salir de aquí, y no quiero caer en las redes de ninguna heroína local del amor, que me atrape, me dé tres o cuatro pequeñas bocas que alimentar y culos que limpiar y me ate para siempre a una vida de sacrificio alejada de mis ansias juveniles de aventura y libertad.
2. De Chisinau a Burgos
Hace poco caminaba por una calle céntrica de Chisinau cuando descubrí un pequeño agujero, o forat que dicen en valenciano. Al acercarme, vi que estaba muy caliente, como al rojo vivo. Era un agujero pequeño y redondeado, de los que hacen (¿hacían?) los niños para jugar al gua. La primera sensación que tuve al asomarme fue que en el fondo del agujero había algo parecido a un cordero asándose, dando vueltas sobre unas brasas. El olor era poderosamente atrayente, de tal modo que no pude evitar lanzarme hacia el agujero para tratar de coger una porción de ese cordero tan apetitoso. Yo llevaba varios días sin comer, porque mi mujer me había echado de casa por vago, y no tenía dinero, alimentándome solo de lo que podía recoger en las basuras de los restaurantes.

Curiosamente, el agujero, o gua, no tenía más de veinte centímetros de diámetro, pero se veía perfectamente el lejanísimo fondo, con su cordero y sus brasas, y lo que parecía ser el comedor de un mesón típicamente castellano. Cuando me lancé a su interior descubrí además otra característica que le hacía muy especial, y era que sus dimensiones parecían ajustarse virtualmente al cuerpo del observador/oledor, que en este caso era yo.
De este modo, puede penetrar en lo que parecía ser una rudimentaria escalera esculpida en las paredes del gua.
Según avanzaba, la escalera se iba definiendo más y ya se intuía lo que parecía ser un pasamanos y unas cortinas de terciopelo rojo. Por supuesto, el olor empezaba a ser realmente abrumador. Los que amamos el cordero asado sabemos que en sus efluvios se hallan, al igual que determinadas hormonas segregadas por el órgano sexual femenino con el objetivo de atraer a la cópula al macho incauto, determinadas sustancias que nublan la capacidad de discernimiento del que las huele, sea el macho preparándose para el coito o sea el deseoso admirador gastronómico de este delicioso manjar...
Respiré profundamente para inhalar mejor los efluvios corderescos y sentirme así más atraído hacia lo que consideraba que podría mi "podría vía" cambiar.
Respiré profundamente para inhalar mejor los efluvios corderescos y sentirme así más atraído hacia lo que consideraba que podría mi "podría vía" cambiar.
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